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Mi compresión del Karma

La explicación que transformo mi forma de liderar
1 de enero de 2026 por
Mi compresión del Karma
Jorge Cantero
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Hay palabras que creemos entender por ósmosis cultural, pero que en realidad usamos como escudos. "Karma" es una de ellas.

La utilizamos como un comodín : "me pasó por karma", "le llegó su karma", "eso es karma". A veces suena a castigo invisible dictado por un juez cósmico; otras, a una especie de justicia poética para consolarnos. Sin embargo, cuando escuché a mi maestro, explicarlo con la precisión quirúrgica, el concepto dejó de parecerme místico. Se convirtió en algo radicalmente práctico, casi mecánico: una forma de leer la vida basada en la causa y el efecto, en la responsabilidad absoluta y en una salida clara del piloto automático.

Esta es mi comprensión actual, construida desde lo que aprendí y, sobre todo, desde cómo esa explicación aterrizó en mi lunes por la mañana: en mi carácter, en mis decisiones difíciles y en la manera en la que lidero equipos.

Karma no es magia: es causalidad teñida de intención

Lo primero que me desmontó fue lo más sencillo: el karma no es un sistema de premios y castigos diseñado por una deidad. El universo no tiene una libreta de "debes" y "haberes" para ajustarte las cuentas.

El Karma, entendido desde la raíz, es una ley de funcionamiento natural: toda acción intencional (física, verbal o mental) deja una huella. Cuando siembras ciertas causas, cosechas ciertos efectos. Pero aquí hay un matiz decisivo que a menudo ignoramos en Occidente: la intención

No basta con analizar qué haces. Lo que define la calidad de tu karma es desde dónde lo haces.

  • Puedes decir la verdad para cuidar una relación y generar confianza, o puedes usar "la verdad" como un arma para humillar y demostrar tu superioridad intelectual.
  • Puedes trabajar 12 horas por vocación de servicio y propósito, o hacerlo por miedo a la irrelevancia, por orgullo o por una necesidad patológica de control.
  • Puedes ayudar a un compañero para aliviar su carga, o "ayudarle" para dejar en evidencia su incompetencia ante el jefe.

Por fuera, la acción es idéntica. Por dentro, la huella psíquica es opuesta. Esa huella, repetida una y otra vez, surca un camino neuronal y emocional. Se convierte en tendencia. Y la tendencia, si no se interrumpe, se cristaliza en destino.

El karma como herencia: el guion que no escribimos pero actuamos

Aquí fue donde me explotó la cabeza por lo cercano y tangible que resultaba: heredamos karma.

No hablo de una condena de vidas pasadas (aunque el budismo lo contemple), sino de algo muchísimo más inmediato: heredamos formas de pensar, de reaccionar ante el peligro, de gestionar la escasez, de competir o de desconfiar. Heredamos guiones invisibles.

Los recibimos de:

  • Nuestros padres y la epigenética de sus propios miedos.
  • El entorno social y la cultura del "éxito" a toda costa.
  • Experiencias tempranas que marcaron qué era seguro y qué no.
  • Lo que se premiaba o se castigaba en nuestro primer "equipo": la familia.

Con esos materiales construimos un "yo" funcional que, sin darnos cuenta, opera el 90% del tiempo en modo reactivo. Ese piloto automático es el terreno fértil del karma. Porque si no hay consciencia, no hay elección. Y si no hay elección, solo hay repetición del pasado.

La anatomía del instante: dónde vive la libertad

Cuando digo que el karma dejó de parecerme religioso, es porque lo vi como un proceso psicológicamente evidente que ocurre en milisegundos:

  1. Percepción: Recibo un estímulo (un correo cortante, un silencio en una reunión, una mirada).
  2. Interpretación automática: Se activa mi filtro kármico ("me están desafiando", "no me respetan", "esto va a salir mal").
  3. Emoción: Surge la química (rabia, miedo, ansiedad, orgullo).
  4. Reacción: Ejecuto la conducta habitual (ataco, me cierro, controlo, manipulo).
  5. Resultado: Genero tensión o conflicto.
  6. Confirmación: El resultado valida mi interpretación inicial ("¿Lo ves? No se puede confiar").

El bucle se cierra y se refuerza. Eso es el Samsara en la oficina: un circuito de hábitos mentales que se retroalimenta. Y lo más importante: no se corta con teoría, se corta con presencia.

La única forma real de transformar el karma es aumentar la capacidad de "darse cuenta" (Vipassana). No se trata de ser "buena persona" en abstracto, sino de desarrollar la agudeza mental para ver el instante exacto en el que nace la reacción, antes de que secuestre tu comportamiento.

  • En vez de "Esto es intolerable", paso a "Estoy interpretando esto como un ataque".
  • En vez de "Tengo que contestar ya", paso a "Siento urgencia en el pecho; voy a esperar 10 segundos".

Ese micro-espacio es la grieta por donde entra la libertad. Es incómodamente simple, pero requiere un entrenamiento feroz.

Cuando el Karma se hace Cultura: Mi gran trampa

Aquí entra el tema que más me interesa como empresario: el karma no es solo individual. En posiciones de liderazgo, tu karma personal se amplifica y se convierte en sistema.

Tus miedos diseñan los procesos. Tus neuras definen qué se premia. Tu falta de confianza construye los silos. Sin que te des cuenta, tu mundo interno se convierte en la "política de la empresa".


Durante años, operé bajo un patrón de desconfianza sistémica. Yo no lo llamaba así, claro. Mi ego lo etiquetaba como "alto nivel de exigencia", "prudencia financiera" o "estar encima de los detalles". La realidad, vista con honestidad radical, era miedo. Miedo a que me engañaran, miedo a perder el estatus, miedo a que un error ajeno me salpicara, miedo a perder los ingresos, miedo a defraudar a mi familia, miedo la opinión publica, miedo a demontar el personaje de hombre de éxito. Un montón de miedos, ficticios e irreales, miedos del piloto automatico.


¿Cómo se traduce este karma en el liderazgo?

  • Exiges estar en copia de cada correo (micromanagement asfixiante).
  • Interpretas las preguntas del equipo como cuestionamientos a tu autoridad.
  • Confundes la excelencia con la perfección neurótica.
  • Anticipas el fallo regañando antes de que ocurra, creyendo que eso es "prevenir".

Efecto real en la organización:

  • La gente oculta problemas.
  • Se dispara la política interna.
  • Baja la iniciativa.
  • Aumenta la rotación.
  • Se instala una mediocridad defensiva: “haz lo justo para no exponerte”.


Darse cuenta: el punto de inflexión

El cambio empezó cuando dejé de intentar “corregirme” como si yo fuera un problema, y empecé a mirar el mecanismo.

El darse cuenta se parece a esto:

  • Detecto la tensión en el cuerpo.
  • Nombro lo que aparece: miedo, urgencia, necesidad de control.
  • Veo la historia automática (“no puedo confiar”, “esto tiene que salir perfecto”, “si no aprieto, se cae”).
  • Y en ese microsegundo aparece una opción: no obedecer el guion.

Ese microsegundo no es poesía: es el lugar donde el karma deja de mandar, es tu poder, es donde el karma se diferencia entre el determinismo puro de Sapolski o el puro libre albedrío. Ni lo uno ni lo otro. Y esta es la frase de mi maestro que me grabe a fuego.

Si tu no creas karma, el karma te crea a ti.




Cómo somos ahora: liderazgo con consciencia

(no perfecto, pero más libre)


No diré que “ya está”. Esto no va de llegar. Va de entrenar.

Pero sí puedo decir cómo se siente el cambio cuando el karma pierde fuerza:

  • Menos reacción, más escucha. Ya no necesito responder al instante para sentirme seguro.
  • Menos control, más claridad. En vez de vigilar, diseño sistemas y conversaciones.
  • Más confianza inteligente. Confianza no como ingenuidad, sino como marco: acuerdos claros, métricas claras, y humanidad.
  • Más paciencia estratégica. La urgencia deja de ser identidad y pasa a ser una herramienta puntual.
  • Más cultura y menos “yo”. La empresa no depende tanto de mi estado emocional.

Y, sobre todo, aparece algo nuevo: responsabilidad sin dureza. La firmeza ya no tiene que venir del miedo; puede venir del cuidado.

Karma no es culpa: es responsabilidad con salida

Comprender karma no me llevó a juzgarme más. Al revés.

Me llevó a entender que muchas cosas que hacemos no nacen de maldad, sino de ignorancia en el sentido literal: no ver con claridad qué estamos haciendo y por qué.

Pero que no sea “culpa” no significa que no tenga consecuencias.

Karma es una invitación a madurar:

  • Mirar las causas
  • Ver los efectos
  • Ajustar el rumbo
  • Repetir lo que funciona
  • Soltar lo que destruye

Y esto aplica igual a una persona que a un equipo.

Tres prácticas concretas para transformar karma en liderazgo

1) El micro-espacio antes de responder

Antes de contestar un mensaje difícil, antes de entrar a una reunión tensa:

  • respira
  • nota el cuerpo
  • nombra la emoción (“tensión”, “miedo”, “rabia”)
  • pregúntate: ¿qué intención quiero sembrar ahora?

A veces, solo con eso, la acción cambia.

2) Cambiar el foco: de “quién tiene razón” a “qué estamos creando”

En conflictos, el karma se dispara cuando buscamos ganar.

Practicar esto:

  • “¿Qué efecto va a tener lo que voy a decir?”
  • “¿Estoy sembrando claridad o defensa?”
  • “¿Estoy sembrando confianza o control?”

Eso alinea intención con resultado.

3) Diseñar sistemas que no dependan de tu estado emocional

Una empresa madura cuando no depende del humor del líder.

  • Procesos claros
  • Feedback estructurado
  • Espacios de verdad sin castigo
  • Métricas que no incentiven comportamientos tóxicos
  • Rituales de pausa y revisión (no solo ejecución)

Esto es karma aplicado: crear causas estables para resultados estables.

Ahora si soy el dueño de mi vida.

Para mí, en cierta medida, entender el karma fue recuperar la soberanía.

Dejé de ser una víctima de las circunstancias o de los "empleados difíciles", y entendí que yo era el jardinero principal de mi realidad. No controlo el clima (el mercado, la crisis, los competidores, los capitales), pero controlo absolutamente la calidad de las semillas que planto cada día.

Si tuviera que resumirlo: El karma es la suma de tus hábitos inconscientes. El liderazgo consciente es la valentía de despertar, pausar y elegir una semilla diferente.

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