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El arte de influir sin intentar controlar

Expectativas, ego y gratitud
6 de enero de 2026 por
El arte de influir sin intentar controlar
Jorge Cantero
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Durante mucho tiempo confundí crecimiento con control.

Controlar el calendario. Controlar el resultado. Controlar la percepción de los demás. Controlar el rumbo del negocio. Controlar, incluso, mis propias emociones para que no “estorbasen” en la ejecución. En el mundo del emprendimiento esto se premia: rapidez, ambición, disciplina, sacrificio. Y, sin embargo, hay un punto de inflexión inevitable en el que algo se rompe por dentro: te das cuenta de que estás viviendo al ritmo de tus expectativas… y no al ritmo de la vida.

En una de mis reflexiones recientes apareció una idea que me gustaría dejar por escrito porque, para mí, ha sido un cambio de paradigma: las expectativas no son el problema. El problema es la relación que construimos con ellas.

Las expectativas son necesarias. Si no esperas más de ti, no aprendes. Si no aspiras a mejorar, no te transformas. Si no imaginas un futuro distinto, no construyes nada. Pero cuando las expectativas se vuelven identidad —cuando pasan de ser brújula a ser sentencia— dejan de impulsarte y empiezan a gobernarte.

Y ahí comienza el sufrimiento.

La expectativa sana y la expectativa tóxica

Hay una expectativa sana: la que se parece a una intención. Es flexible. Está anclada en valores. Se adapta a la realidad sin traicionarse. Esta expectativa te mejora.

Y hay una expectativa tóxica: la que se parece a una exigencia. Es rígida. Está anclada en ego. Necesita que el mundo confirme tu narrativa. Esta expectativa te endurece.

La diferencia no está en el objetivo. Está en el contrato emocional que firmas con él.

Cuando la expectativa tóxica manda, ocurre algo muy concreto: el resultado deja de ser un resultado y se convierte en una evaluación de tu valor. Y entonces ya no trabajas; te juegas la identidad. Ya no ejecutas; te defiendes. Ya no lideras; te proteges.

Esta dinámica suele ir de la mano de personajes internos que todos conocemos: el que necesita ser reconocido, el que busca tener razón, el que no tolera equivocarse, el que compite, el que no puede parar. Personajes eficaces para construir… pero peligrosos para habitar.

El golpe de realidad: tu influencia es limitada

Uno de los aprendizajes más liberadores (y más incómodos) que he integrado es este: mi capacidad de influencia consciente es limitada.

Limitada por dentro y limitada por fuera.

Por dentro, porque no siempre decido desde la libertad total. Muchas veces decido desde causas y condiciones: hábitos, automatismos, patrones de búsqueda de aprobación, miedo, impulsos, inercias. Me gusta creer que “yo elijo”, pero con frecuencia estoy obedeciendo un guion aprendido.

Por fuera, porque el mundo no es un tablero limpio. Hay variables exógenas: mercado, normativa, economía, salud, tecnología, personas, timing, incertidumbre. Puedes hacer muchas cosas bien y aun así fallar. Puedes equivocarte y aun así acertar por circunstancias. La realidad no es “justa” en el sentido mecánico; es compleja.

Y aquí está la trampa: si olvido esta limitación, me vuelvo arrogante sin darme cuenta. Empiezo a sufrir por cosas que no controlo. Me frustro porque el mundo no se alinea con mi plan. Exijo resultados como si dependieran solo de mí. Y termino castigándome —o castigando a otros— con una expectativa imposible: “debería poder con todo”.

No puedo.

Y asumirlo no es rendición. Es madurez.

El autoengaño elegante del emprendimiento

El emprendimiento tiene una energía preciosa: deseo de crear, de resolver problemas reales, de aportar valor. Pero también tiene una sombra muy sofisticada: el autoengaño elegante.

Arrancamos negocios basados en aspiraciones: libertad, impacto, dinero, prestigio, independencia. Hasta aquí, humano. El problema aparece cuando envolvemos ciertas motivaciones en relatos impecables para no mirarlas de frente.

Nos decimos “quiero cambiar el mundo” cuando, en el fondo, también queremos ser validados.

Nos decimos “quiero ayudar” cuando, en el fondo, también queremos sentirnos indispensables.

Nos decimos “quiero crecer” cuando, en el fondo, también estamos huyendo de algo.

No se trata de culparse. Se trata de ver con honestidad. Porque si no miras tu motivación real, ella te dirigirá desde la sombra.

Y, además, hay otra dimensión que me parece crítica: los impactos cruzados.

Un negocio puede crear empleo y, al mismo tiempo, contribuir a una cultura de prisa. Puede mejorar un servicio y, a la vez, empujar un modelo que desgasta a las personas. Puede tener una misión social y, sin querer, generar incentivos perversos.

No basta con “la etiqueta bonita”. La ética real se demuestra mirando la complejidad sin maquillarla.

Velocidad: el nuevo narcótico social

Vivimos en una época donde lo urgente coloniza lo importante. Todo tiene que ser ya. Todo tiene que escalar. Todo tiene que optimizarse. Y en esa dinámica se nos cuela una paradoja: ganamos eficiencia y perdemos presencia.

Veo esa prisa en mí y la veo en la calle. Me gusta observar rostros: gente caminando rápido, con tensión, sosteniendo una vida que parece más una representación que una experiencia. No lo digo como crítica; lo digo como síntoma.

Cuando la velocidad manda, pasan tres cosas:

  1. No escuchas: ni a los demás ni a ti.
  2. No ves: reduces el mundo a una lista de tareas.
  3. No sientes: porque sentir ralentiza.

Y lo que no se escucha, no se integra. Lo que no se ve, se repite. Lo que no se siente, explota por otro lado.

Mi experiencia es que la prisa no siempre viene del trabajo; muchas veces viene de la identidad. De la necesidad de sostener un personaje: el productivo, el resolutivo, el que siempre puede, el que no falla.

Ese personaje cansa.

Cambiar la relación con las expectativas

Volvamos al núcleo: las expectativas.

La salida no es abandonar la ambición. La salida es refinarla.

Para mí, este cambio se resume así:

  • Cambiar expectativa por intención.
  • Cambiar control por responsabilidad.
  • Cambiar orgullo por servicio lúcido.
  • Cambiar velocidad por ritmo sostenible.
  • Cambiar autoengaño por verdad amable.

Cuando haces ese giro, ocurre algo bonito: sigues queriendo crecer, pero ya no estás atado al resultado como si fuera tu identidad. Sigues construyendo, pero no te destruyes en el proceso.

Y, curiosamente, también lideras mejor: porque un líder que no está secuestrado por la necesidad de ganar puede escuchar más, decidir con más claridad y sostener la complejidad sin convertirla en drama.

Gratitud: no como frase, sino como ancla

Aquí llega el punto que más me sostiene en el día a día: la gratitud.

No hablo de una gratitud ingenua que niega el dolor. Hablo de una gratitud consciente que te devuelve al suelo. Que te recuerda lo obvio, que es lo más olvidado: estás vivo.

Puedo estar estresado, sí. Puedo tener problemas, sí. Puedo estar cansado, sí. Y aun así puedo reconocer:

  • Esta mañana me levanté.
  • Tengo salud (o al menos tengo vida).
  • Mi familia está aquí.
  • Tengo un techo.
  • Soy un ser consciente.
  • Me estoy tomando un té delicioso.

Siempre hay algo que agradecer. Y cuando lo agradeces de verdad, la mente cambia de postura. Deja de exigirle al mundo que confirme tu guion. Empieza a habitar lo que ya está.

La gratitud no elimina los retos. Pero cambia quién eres tú frente a ellos.

Una práctica simple para emprendedores (y para seres humanos)

Si tuviera que proponer una práctica mínima, realista, que no requiera grandes retiros ni cambios extremos, sería esta:

  1. Antes de empezar el día, 30 segundos:
    • “¿Qué expectativa llevo hoy?”
    • “¿Desde dónde la sostengo: intención o ego?”
  2. Antes de una decisión importante, una pregunta obligatoria:
    • “¿Qué impacto cruzado podría estar ignorando?”
  3. Al cerrar el día, tres líneas:
    • Un momento en el que fui en piloto automático.
    • Un momento en el que fui consciente.
    • Algo concreto que agradezco.

No es místico. Es operativo. Y, si se hace con honestidad, transforma.

He llegado a creer que la madurez —en la empresa y en la vida— consiste en esto: aceptar que tu influencia es limitada y tu responsabilidad es total.

No controlo el mundo.

Pero sí puedo cuidar mi intención.

Sí puedo cuidar mis acciones.

Sí puedo revisar mis motivaciones.

Sí puedo mirar los impactos cruzados.

Sí puedo elegir el ritmo.

Sí puedo practicar gratitud.

Y con eso, curiosamente, ocurre lo que más buscaba desde el inicio: no éxito externo necesariamente, sino algo más raro y más valioso: paz interna mientras construyo. Es lo que ahora llamo bienestar, y antes llamaba felicidad.

Si estás leyendo esto y te reconoces, quizá no necesitas menos ambición. Quizá necesitas una ambición más limpia. Una ambición que no te convierta en personaje. Una ambición que no te quite la vida mientras intentas “ganarla”.

Porque al final, si algo tengo claro, es esto: siempre hay algo que agradecer. Y desde ahí, todo se construye mejor.

Si te apetece, cuéntame en comentarios: ¿qué expectativa te está apretando últimamente? ¿Qué pasaría si la convirtieras en intención? Me alegraria montar un grupo de emprendedores conscientes que hablaramos de estos temas de verdad, desde el ser, no del yo o el ego. Comenta y hablámos.

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