A menudo me preguntan qué hacemos en Cuidum. La respuesta corta, la que cabe en una frase de ascensor, es que ayudamos a familias a encontrar cuidadores para sus mayores. Pero esa respuesta, aunque técnicamente correcta, se queda dolorosamente corta. Es como decir que un arquitecto simplemente dibuja líneas en un papel.
La verdad es mucho más compleja, y a veces, más incómoda.
Llevo años observando lo que ocurre dentro de los hogares cuando la dependencia llama a la puerta. He visto el miedo en los ojos de un hijo que se da cuenta de que su padre ya no es el pilar invencible que recordaba. He visto la angustia de una familia intentando navegar por un sistema que no entienden. Y he visto, demasiadas veces, la búsqueda desesperada de una solución mágica.
Vivimos en una sociedad que nos ha vendido la idea de que todo se puede solucionar con un "clic". Queremos el producto perfecto, entregado mañana, sin fallos. Y, sin darnos cuenta, hemos trasladado esa mentalidad de consumo al cuidado de nuestros seres queridos.
Buscamos al "cuidador perfecto". Proyectamos en esa figura un ideal imposible: queremos la competencia técnica de una enfermera de UCI, la paciencia infinita de un santo, la disponibilidad absoluta de un robot y, a menudo, todo esto por un salario que apenas roza la dignidad.
Pero la realidad es tozuda y profundamente humana.
El cuidado no es un producto que se compra y se consume. El cuidado es una relación. Y como todas las relaciones humanas, es imperfecta, está viva y requiere trabajo.
Mi visión del cuidado domiciliario, la que impulsa cada decisión que tomo hoy, nace de una honestidad radical: la magia no existe, pero la arquitectura sí.
No podemos fabricar seres humanos perfectos. Los cuidadores son personas reales, con sus propias vidas, sus días malos, sus límites y su inmensa capacidad de amar. Son, a menudo, héroes invisibles que sostienen la dignidad de nuestra sociedad sobre sus hombros, pero no son máquinas.
Por eso, en Cuidum hemos dejado de intentar ser una fábrica de soluciones instantáneas para convertirnos en arquitectos de relaciones.
Hemos desarrollado un paradigma que llamamos la Pirámide del Cuidado.
Imagina una estructura sólida. En la base, sosteniéndolo todo, hay tres pilares:
- La Persona Mayor: Su dignidad y su paz son el centro de todo.
- El Cuidador: Un profesional de la compasión que necesita ser cuidado, respetado y valorado para poder dar lo mejor de sí.
- La Familia: Que deja de ser un simple "cliente" para convertirse en un aliado activo, un soporte emocional que entiende que cuidar al cuidador es la mejor forma de cuidar a su padre o madre.
Y nosotros, Cuidum, somos el vértice que une, guía y sostiene esa estructura.
Mi visión es que el éxito del cuidado no depende solo de encontrar a la persona adecuada (aunque eso es crucial y ponemos el alma en ello), sino de cómo construimos el entorno para que esa relación florezca.
Se trata de educar a las familias para que gestionen sus expectativas y comuniquen desde el amor, no desde el miedo. Se trata de empoderar a los cuidadores para que se sientan profesionales y respetados. Se trata de usar la tecnología y la mediación no para reemplazar el contacto humano, sino para protegerlo.
Creo firmemente que envejecer en casa es un derecho y un regalo. Pero para que sea posible, debemos dejar de ver el cuidado como una transacción comercial ("yo pago, tú obedeces") y empezar a verlo como un pacto de humanidad.
En este camino, he aprendido que mi rol no es solo liderar una empresa, sino liderar un cambio de consciencia. Quiero un futuro donde no busquemos culpables cuando surja un conflicto, sino soluciones. Donde entendamos que la fragilidad de nuestros mayores es un espejo de nuestra propia humanidad.
No vendo perfección. Vendo realidad, compromiso y acompañamiento. Vendo la promesa de que, cuando lleguen las tormentas ,y llegarán, no estaréis solos. Estaremos ahí para ayudaros a reconstruir, a entender y a seguir cuidando.
Porque al final, cuidar no es solo una tarea. Es la forma más elevada de amor que existe. Y esa es la única arquitectura que realmente merece la pena construir.
La arquitectura invisible del cuidado